Como muchos de vosotros
sabéis, sobre todo aquellos que me seguís más de cerca, mi
aventura en los Estados Unidos está empezando ahora. Ya he cortado
los vínculos con España, he cerrado todos los asuntos pendientes y
estoy listo para salir al mercado laboral, el coche ya no es un
problema y me estoy dando cuenta de que todos los obstáculos son
evitables si uno pone de su parte, por supuesto.
Llevo ya unas cuantas
entrevistas a mis espaldas y pensé que iba a ser más complicado
pero no, he pasado tests de gramática, lógica, velocidad al
teclado, conversación...todas con nota pero aún queda el lazo rosa
para dejar el paquete completo, así que ahora estoy asistiendo a
cursos en dos sitios diferentes para perfeccionar mi Inglés y
hacerlo excelente.
Iré al grano, para seguir
con mis entrevistas y mi búsqueda activa de trabajo pensé que una
ocupación por la noche que me diera unos cuantos dólares no estaría
mal, podría hablar Inglés con mis compañeros y ganaría un sueldo
hasta encontrar algo mejor, aparte de poder compaginar todo esto con
mis clases en el High School. Eso pensé, bien, pues aquí empieza la
aventura.
Encontré un trabajo en la
planta de producción de Samsung que no exigía experiencia, que no
estaba mal pagado y con un horario de 7:00am a 16:00pm o de 16:00pm a
4:00am, el turno de mañana me venía bien pero el de tarde aún
mejor, podía seguir con mi vida y mi búsqueda de empleo y además a
las cuatro de la mañana la autopista es prácticamente para mí
solo. Genial, vamos a la oficina de empleo!.
Me presento con mi
camisita, bien recortadito y oliendo a las mil maravillas, los que me
conocéis ya sabéis que procuro cuidar la imagen aunque los milagros
no existan. Bien, pues se activa el primer timbre de alarma, la
oficina es un local con cuatro sillas arrinconadas y una mesa dentro
de lo que cabe bien organizada que estaba ocupada por una muchacha
que hacía de secretaria / recepcionista, no había nadie más, no
había nada más, ella, las sillas y su mesa. Me presento, le explico
el por qué de mi visita y me larga un tocho de papeles que tengo que
leer y firmar, aunque ya había hecho lo mismo a través de la web
subiendo incluso mi currículum con todos mis datos pero bueno,
repetimos, no hay problema. Me pongo en contacto con Carlos desde
allí porque hay unas cláusulas referentes a impuestos, situación
familiar y demás que a mí se me escapan, relleno todo y me dice la
muchacha que empiezo a trabajar al día siguiente, pero... ¿ya? ¿sin
entrevista? ¿a saco? genial! Pues nada mona, gracias por todo!.
Agarro mi coche y vuelvo a casa en plan cuento de la lechera: “Gano
unas perrillas, sigo buscando, aparecerá algo mejor, es un
sacrificio pasajero que merecerá la pena, en unos meses estoy
haciendo soporte de IT como un señor, me operaré y me pondré unos
ojos verdes y azules...” ya sabéis, cosillas que uno piensa en
estos casos.
Ya en casa, por la noche,
recibo un SMS en el que me dicen que no me olvide llevar mi ID y
todos los papelotes que he firmado en la “oficina” de
contratación y que esté allí a las 6:00, me dijeron a las 6:30
pero bueno, vale, allí estaré, Carlos me explica cómo llegar,
miramos en Google y es pan comido, la planta está en Irving, media
hora al volante, casi todo en línea recta, vamos, mejor imposible.
Al día siguiente llego
con más de veinte minutos de antelación, hago tiempo en el coche,
me compongo un poco y voy hacia la entrada del complejo optimista y
sonriente. Algo ya no me gusta: gente cabizbaja con tarteras pasando
un detector de metales, una mujer Koreana dando voces para que el
personal firmara al entrar, embarazadas, chinos, latinos,
afroamericanos, balineses...
Esto...“Excuse me, this
is my first day, I'm looking for (omito nombre), I have an
appointment” la mujer Koreana afila la mirada, me aparta a un lado
con la mano y llama por teléfono. Al poco tiempo aparece una
muchacha joven, guapa y muy puestecita, se me presenta y me pide los
documentos que había rellenado el día anterior en la oficina, la
Koreana mosqueada me pide también el permiso de conducir y lo pone
en una fotocopiadora, pasados unos minutos la muchacha me empieza a
hablar en Español, no me hace gracia pero es lo que hay, me explica
que vamos a esperar a otra persona que se incorpora conmigo así que
estuve esperando en una esquina porque la muchacha, que resultó ser
encargada / coordinadora de la empresa de contratación hablaba por
teléfono constantemente.
El tiempo pasaba, yo me
agobiaba y seguía viendo un desfile de personas que no paraba de
entrar y salir pasando el dichoso arco de seguridad.
Por fin llega el otro fichaje, la
encargada me hace un gesto y me pide que vaya con ellas, la Koreana
entonces hace un aspaviento y me pregunta por la mochila que llevo,
le explico que dentro está el teléfono móvil, las llaves de casa,
las llaves del coche y poco más porque olvidé el sandwich. Me dice
que la mochila debo dejarla en el coche, que debo entrar sin NADA y
señalando el reloj me pregunta: “What is that?” miro a la
encargada y sonrío de medio lado, ¿está de coña? Es un reloj,
entonces la Koreana chunga me dice que es raro, claro boba, pensé,
es un Apple Watch y la tía con todo su cuajo me dice: “no es de
Samsung, al coche!” empiezo a resoplar y mordiéndome el labio
mientras sonrío contesto que vuelvo en un minuto.
Vuelvo a la entrada
principal sin nada, y haciendo un saludo en plan bailarín clásico
le enseño a la cyborg de Korea las llaves del coche y mis muñecas
limpias de relojes y objetos extraños. Vamos a pasar el arco.
No me tuve que descalzar
pero el proceso fue el mismo que siguen en la seguridad del
aeropuerto, cuando terminé y me estaba poniendo el cinturón la
muchacha me recomendó volver al día siguiente sin él, sin mochila
y quizá sin anillos...cojonudo, en verano vengo en tanga y esto será
una fiesta (lo pensé, claro, yo educado y sumiso mostrando la mejor
de mis sonrisas pero con un bulle bulle de mala leche que estaba ya
haciéndome dudar de mi decisión).
La muchacha me explica
dónde están los baños: “El de mujeres aquí y el de hombres
aquí” Pensé, bueno, tienen muñequitos, no soy gilipollas y hasta
ahí llego...y contesté con un “ahá” poniendo cara de estar
contemplando un Rembrandt, me dijo cómo tenía que fichar al entrar
y salir y me enseñó el comedor, bueno, eso es para escribir otro
capítulo.
Entramos al terreno de
juego, al sitio de trabajo, al meollo de la cuestión y me encuentro
con una nave gigantesca llena de cintas transportadoras, carretillas
elevadoras de pallets y toda clase de maquinaria imaginable, me dan
una camiseta, unos guantes y me piden que me los ponga, me toman las
huellas y en un ordenador introducen mis datos. Ya empiezo a estar
más calmado porque viene lo bueno, a ver qué tengo que hacer, a
ver qué aprendo, parece que no está tan mal así que venga, a por
ello.
Viene una encargada y me
dice que me ponga en el puesto número 2, me coloca delante de un
ordenador, me “enseña” a manejar una aplicación y me dice: “Van a
empezar a salir cajas, tú las registras (con una pistola Symbol, ¿os
suena a los de Renfe?) y después las pesas, si te da error la
devuelves porque eso significa que falta algún componente y la
báscula lo detecta, si todo es correcto y te da el ok la pones en
la cinta para que la sellen” y no me explicó nada más, ahí te
quedas mono, nunca mejor dicho.
Empieza la fiesta, salen
las cajas, son teléfonos de Samsung empaquetados con el branding de
AT&T, empiezo a escanear, registrar y pesar, aparece una mujer
con cara de pocos amigos y me pregunta, en un Inglés horrible (luego
me enteré de que era Balinesa) que si esa era mi línea, le contesto
que sí, que me han colocado ahí y que era mi primer día. La mujer
apretó los dientes y se puso al otro lado de la cinta frente a mí
en otro ordenador, junto a ella había un hombre de unos sesenta
años, también Balinés, bajito, muy bajito, con bigote y cara de
sufrido, estaba consumido más que delgado y era el que se encargaba
de cerrar las cajas a las que yo daba el ok, tenía los pulgares
destrozados de quitar la lámina adhesiva y doblar las solapas de las
cajas para cerrarlas (los guantes que llevábamos dejaban al
descubierto los pulgares y los índices nada más). Mientras hago mi
trabajo miro alrededor, ¿qué coño es esto? ¿coserán balones
también?. Gente a destajo ensamblando móviles con cara de
circunstancia, ruido de máquinas y algún chillido de los
encargados, pocas risas pero buen ambiente dentro de lo que cabe. Una
pantalla en la pared iba mostrando una presentación con cifras
conseguidas, objetivos y frases de ánimo para los empleados. De vez
en cuando intercalaban las normas de vestuario y comportamiento,
explicaban que en el puesto no puedes beber agua ni comer caramelos y
que serías sancionado en caso de no cumplir la norma, que los
descansos se tomarían según producción y cuando el encargado lo
considerase oportuno, que cualquier palabra más alta que otra sería
motivo de despido...pensé que era un poco estricto pero sin son las
normas yo no voy a ser el que se las salte. Seguí dando a la
pistola.
Estaba embebido en el
bip-bip del escáner y los datos de la pantalla cuando alguien me da
un toque en la espalda y me dice algo, era el momento de la pausa,
¡las doce y pico de la noche y ni me había enterado!. Olvidé el
sandwich que me había preparado mi marido con tanto amor, así que
cené guarrería de la máquina de vending: una bolsa de potato skins
y una coca-cola, tenían también unas máquinas de café gratis,
dentro de lo malo...
Abrí la bolsa de
patatas y observé el entorno, multicultural al máximo, no quiero
faltar al respeto pero la primera imagen que se me vino a la cabeza
fue la de un patio de prisión, lo típico que vemos en las películas
con el chungo, el rapado, el raro, el latino y el de color con cara
de tener poca vida social. También había mujeres, la gran mayoría
de Indonesia y árabes, con su pañuelo cubriendo la cabeza, sentadas
en grupo y sonriendo poco mientras hablaban. Una mujer afroamericana
que estaba sentada a mi lado abrió una tartera con una ensalada de
arroz y puso sobre la mesa un pastillero de plástico enorme,
gesticulaba y hablaba (sola) pero en silencio, a saber lo que estaría
relatando, de cuando en cuando sonreía y saludaba con la mano a
otros compañeros. Me di cuenta de que un par de árabes comentaban y
se giraban para mirarme, “bueno”, pensé yo, “no
hagas contacto visual que estos se te pegan y para mi primera noche
va a ser un shock”, así que terminé mi cena de “dieta”
y volví a la nave, nunca mejor dicho porque en mi vida me había
sentido más marciano. De camino me fijé en la poca limpieza del
comedor y en las cámaras frigoríficas, que tampoco estaban muy
mantenidas, donde la gente guardaba las tarteras (todas
transparentes, requisito de la empresa). Así que mientras me ponía
los guantes volví a mi puesto.
La noche transcurrió sin mucha
novedad, de vez en cuando una encargada venía a echar la bronca al
señor que cerraba las cajas, una esquina descuadrada y ya no servía,
tenían que volver a despegarla con una máquina especial y de nuevo
pasaba a la cinta. El hombre no decía nada, porque no hablaba
Inglés, agachaba la cabeza y ponía gesto de resignación. Yo
intenté buscarle la mirada para hacerle una señal de ánimo pero no
hubo manera, era esquivo y con los utensilios para retirar los
adhesivos metidos entre el pelo daba más pena que risa. En la cinta
había momentos en los que te podías encontrar con quince cajas, yo
ponía la mano para frenarlas un poco porque el hombre no daba a
basto y cuando veía sus pulgares no daba crédito, no era mi función
pero llegué a cerrar unas cuantas cajas para ayudarle, el me
devolvía el favor agrupando las mías sobre mi bandeja, bueno, no me
hablaba pero respondía a las buenas formas, me dio más pena aún.
La mujer con cara de pocos amigos se agachaba de vez en cuando y se
sacaba del bolsillo un paquetito que parecía, por lo poco que pude
ver, fruta escarchada, se metía un trozo en la boca y seguía con su
cara de estaca haciendo el trabajo mecánicamente, apretaba la
mandíbula de vez en cuando, no se notaba que estaba comiendo pero el
olor dulce de la fruta me llegaba, lo que estaba viendo ya no me
gustaba tanto. Había un policía haciendo la ronda y el señor de la
limpieza se acercó a barrer mi zona, estuvo hablando conmigo,
parecía buena persona, me preguntó lo típico y me dio la
bienvenida al enterarse de que soy Español. Me giré para hablar con
él y me di cuenta de que los árabes del comedor estaban en la cinta
de enfrente, uno de ellos alzó la mano y me saludó, me preguntó
que si era musulmán, le respondí que no, que era Madrileño y para
de contar, me dijo que por mi físico parecía árabe y que él
conocía Barcelona, desde ese momento cada vez que me giraba a mirar
el reloj que había en el almacén me saludaba agitando la mano y
sonriendo hacía el gestro de “ok”, mira, ya
tenía un amiguito.
Seguimos para bingo,
tres menos cuarto de la mañana, se acerca una encargada y nos dice
en tono alto por si estábamos dormidos, que debido a la baja
producción de las personas que estaban ensamblando nos quedábamos
sin descanso, y que como daño colateral y a modo de castigo nos
incluía a todos para que la próxima vez trabajásemos con más
ganas, me callo y sigo con lo mío. Se acerca una chica veinteañera
a la Balinesa y en su idioma le explica lo que sucede, empiezan las
caras y los aspavientos. Un chico que empaquetaba de seis en seis las
cajas que íbamos verificando y sellando se queja y dice que eso no
puede ser, que son casi las tres de la mañana, la encargada con un
tono más chulesco que agresivo le responde que si no está de
acuerdo puede irse a su casa sin problema, el muchacho se quita los
guantes, firma un papel y se larga. Yo entre el sueño y la falta de
hidratación empiezo a fliparlo un poco. Finalmente y tras un pequeño
motín encabezado por las Balinesas, tuvimos casi quince minutazos a
las tres y media.
Cuatro y cuarto de
la mañana, pero...¿mi jornada no terminaba a las cuatro? Miro el
reloj inquieto y busco con la mirada a la encargada, la cinta echa
chispas y ahora también están apareciendo teléfonos de T-Mobile,
coño, pues va a ser verdad que los que ensamblan se estaban tocando
las narices. Aparece al fin la encargada y sonriente me dice: “¿Cómo
era tu nombre?” yo, quitándome los guantes dejé la cinta y me
acerqué a ella respondiendo con otra pregunta: “¿Con quién puedo
hablar?” y me contestó que ella era la encargada. Vale, le dije
que ya eran las cuatro y cuarto y que supuestamente yo debería estar
conduciendo camino a casa, me contesta que no, que en el almacén NO
HAY HORARIO DE SALIDA, ¿Cómo? Mosqueo y decepción total, la mujer
me dice que si hay trabajo la cosa se puede extender hasta las siete
o las nueve de la mañana...¿Qué? ¿Desde las cuatro de la tarde
del día anterior?! Pues sí, eso mismo, pero vamos que eso ya lo
sabías, ¿no? Entonces empiezo a carraspear y a ponerme serio, “No,
no lo sabía y esto no es lo que me han vendido; llevo de pie casi
diez horas porque no hay sillas y en este trabajo a NADIE se le
permite estar sentado, da igual que seas negro, amarillo, estés
embarazada o seas gallega, he registrado novecientos terminales, me
he aburrido como una ostra y he visto cosas que no me gustan un pelo,
esto no es lo que buscaba y me largo de aquí”. La encargada puso
cara de haber recibido un bofetón y me contestó que me estuvo
observando (cosa de la que yo me percaté porque tonto no soy) y que
le gustaba como hacía el trabajo, que había producido mucho para
ser mi primer día y que no habían devuelto ningún teléfono, cosa
que no sucedió el día anterior con otra trabajadora según me
explicó. Le dije que sí, que muy bonito todo pero que si no me
podían ofrecer otra cosa estábamos perdiendo el tiempo, ellos y yo.
Me acompañó a la mesa donde estaban los encargados de la empresa de
contratación y estuvimos hablando los tres. Me pidieron que por
favor lo pensara y les respondí que yo tenía vida y que sintiéndolo
mucho no podía aceptar dar un paso atrás en mi crecimiento, que
merecía algo mejor y que de todos modos agradecía lo que habían
hecho por mí. Les dije además que esos casi novecientos terminales
registrados se los regalaba, pero me dijeron que no, que a pesar de
ser un periodo de prueba ese trabajo me lo pagarían (este Viernes
voy a por el cheque) y que lo sentían mucho. Con los guantes en la
mano y la camiseta azul me despedí de la gente de la cinta. Los
señores árabes, posibles amigos en potencia, ponían cara de no
entender nada.
Salí del almacén
en plan actor en el final de una tragedia y pasé de nuevo el control
de seguridad; más aliviado que cabreado esta vez y ya alcanzando la
puerta de salida vi a uno de los policías dormido en la silla, hice
un gesto de negativa con la cabeza, abrí la puerta y antes de salir
dije en voz alta: “Venga coño!”.
Vaya odisea, a partir de ahora me quejaré menos cuando me levante cada mañana a venir a trabajar.......
ReplyDeleteDesde luego, ya puedes dar gracias!
DeleteWuauuuuuuuu!!!!!
ReplyDeleteWuauuuuuuuu!!!!!
ReplyDeletePuse besitos y salieron interrogaciones, vaya tela! Jajajajaaaaa!!!!!
DeleteAl final me habéis liado, todo lo extraño o gracioso que me suceda os lo cuento por aquí!. ������❤️❤️❤️������
ReplyDelete