Imagino que todos sabéis quiénes son las Girls Scouts y seguro que las habéis visto miles de veces en alguna película, de todos modos y por si acaso alguno no lo sabe, os cuento. Son unas niñas de uniforme y con pañuelito al cuello que van tocando puerta por puerta para intentar venderte unas galletas y así recaudar fondos, creo que benéficos, y ya que están van desarrollando habilidades de liderazgo, competitividad y esas cosas que pueden venirles bien en el futuro. Son muy graciosas y con ese estudiado candor te dan ganas de comprarles toda la mercancía, según te explican, sus galletas no tienen grasas trans, pero vamos, que no me fío demasiado porque ya no las venden en bandeja, hechas en casa, ahora son industriales y vienen con su cajita y su canesú, así que es preferible no mirar la etiqueta y comérselas sin pensar demasiado en nuestras arterias.
El caso es que ya había
visto a estas muchachitas con su tenderete montado en la puerta de
algún supermercado y un buen día estando en casa suena el timbre.
No era ninguna
de estas niñas idealizadas con sus chapitas y parches ganados con el
sudor de su diadema, era nuestra vecina de la casa de al lado que es
la típica Tejana bien nutrida, rubia y con un acento para anunciar
Marlboro, lo opuesto al candor pueril vamos. Me saluda en plan súper
chupi y me pregunta que si me suena el tema de las Scouts, por
supuesto que sí, respondo. Entonces me explica que ese es su último
año como Girl Scout (a juzgar por la edad de la muchacha y su
volumen pienso si realmente es su último año o es que la echan de
la cofradía por comerse el género) me dice que si quiero galletas
ella me las puede vender, acto seguido saca un iPhone del bolsillo,
¡qué nivel el de las Scouts! Y me muestra todo el catálogo, foto a
foto y desde la pantalla del teléfono me hace un desfile de formas y
colores más que apetecibles. Haciendo ruiditos de satisfacción me
dice cuáles son sus favoritas, qué sabores tienen, lo sanas (por
los cojones) que son y por supuesto la gran labor que se hace al
invertir un par de dólares de nada en cada caja. Bueno, es nuestra
vecina, no voy a darle con la puerta en los morros, así que
selecciono las que tienen mejor pinta y quedo con ella para para cerrar el trato al día
siguiente. Ella encantada me empieza a dar palique, me enseña fotos
personales de su teléfono y ataca con lo que llaman aquí el “small
talk”, algo así como la conversación incómoda de ascensor, yo
estaba en la puerta de entrada a casa y uno de los gatos salió al
quite haciendo aparición, ¡menos mal! La muchacha estuvo rascándole
la tripa y después de un rato se despidió recordándome la cita a
partir de las dos del día siguiente, sí hija sí, qué remedio,
anda, que tengo el puchero en la lumbre. Eso me pasa por abrir la
puerta.
A las dos y
pocos minutos del día siguiente me acerqué a su casa, tiene un
cartel pegado en la puerta que dice: “No Soliciting” vamos que no
llames para pedir, y mucho menos vayas con rollos de Jehová y
básicamente que no toques los coj...el timbre, yo tenía cita, así
que llamé. Empezaron a sonar ladridos, se abrió la puerta interior
(yo estaba en la calle delante de una puerta de cristal) y un par de
perros salieron a mi encuentro, eran chuchillos mestizos color
canela, uno de ellos mucho más joven que el otro, el viejito estaba
gordo, pero gordo en plan atún con patas y rabo y el más joven
tenía un volumen normal, no se callaban y daban trompicones contra
la puerta de cristal. Aún no había visto a nadie humano porque los
primeros en aparecer fueron los chuchos pero enseguida aparece la
vecina, hace un juego de piernas, lanza unas patadas suaves, y los
perros se meten en la casa, abre la puerta y me invita a entrar.
Cerré la puerta de cristal y entré por la segunda puerta a la casa,
la vecina llevaba puestas unas gafas de sol y el interior estaba en
penumbra, el contraste con la luz de la calle era enorme. Mientras
los perros siguen liándola y yo veo fogonazos a cada parpadeo ella
me cuenta que tiene problemas con las luces fuertes y que incluso por
la noche, para conducir, necesita ponerse gafas de esas con cristales
amarillos que anuncian en la teletienda. El perro-atún gruñe todo
el tiempo y no para de olfatearme mientras el otro ladra al vacío
metido debajo de una mesa, la chica me indica que la siga hasta el
salón y me encuentro con la típica cocina americana al lado
izquierdo, estaba todo manga por hombro, el ambiente olía a varitas
de merluza, justo a eso, a fritanga de varitas de merluza, frente a
mí estaba la puerta del patio con una persiana bajada y a la
derecha, junto a la chimenea, la mesa con el perro histérico, un
sofá y ¡un árbol de Navidad con sus adornos puestos!, joder guapa,
que estamos casi en Marzo, ¡vaya cuajo!. La estancia era un poema,
el sofá que tenía junto a la pared estaba lleno de ropa, no sé si
sucia o limpia pero estaba amontonada y se podían ver camisetas,
toallas, gayumbos...los perros seguían dando por saco y la muchacha
les chistaba sin éxito, empecé a hacer cucamonas al atún peludo y
se calmó, se tumbó como pudo y me dejó tocarle la barriga, pobre.
Yo seguía observando el entorno y pensé que en cualquier momento y
con tanta penumbra iba a aparecer cara de cuero con la sierra
mecánica para colgarme de un gancho, después de todo esto es Texas,
¿no?, ¡Ay madre! quizá las galletas me iban a salir caras, vaya
panorama: Una casa como la de Ed-Gein pero sin cadáveres, una vecina
fotofóbica con dos perros esquizoides, un árbol de Navidad montado
a finales de Febrero y unas galletas de momento inexistentes. ¿Y si
es una loca que tiene a su familia degollada desde la Nochebuena? ¿Y
si el perro no obeso está intentando con un código canino de
ladrido-mirada al vacío alertarme de algo?, la situación era cómica
desde luego. La muchacha me dice que al atún le gusto, la verdad es
que el perro ya mueve la cola y me da con la cabeza en la pierna,
entonces ella me pregunta: “¿Quieres ver una cosa?”, miedo,
verás tú, pensé, ahora es cuando saca la cabeza de su madre y me
dice que si quiero ser su amigo, pero no, la chica se acerca a la
nevera y saca una caja de tomates cherry (¡toma surrealismo!) y el
perro gordo se queda como si hubiera mirado a los ojos a la mismísima
Medusa, inmóvil, poniendo a la caja ojitos tiernos. La vecina abre
la cajita, saca un tomate, se lo enseña haciendo un ruidito y lo
lanza contra la pared donde está el sofa, sí, el sofá con toda esa
ropa amontonada en plan mercadillo. El pobre tomate rebotó contra la
pared y antes de caer sobre el sofá la masa perruna en un alarde de
agilidad ya estaba sobre el montón de ropa para zampárselo, vaya si
se lo zampó. Ese volumen animal y esa aceleración provocaron un
pequeño tsunami, pura física, la ropa se desparramó, el perro se
desparramó y el tomate desapareció, redoble de tambor, ¡tachán!
yo no sabía si reír o llorar, estaba pensando que hacía falta
valor para hacer algo así pero que más valor hacía falta aún para
hacer algo así, con la casa así y delante de un extraño. Pues hubo
un segundo tomate y un segundo seísmo, yo perplejo pero aplaudiendo
la gracia, no vaya a ser que esta me acuchille, sonreía confuso.
Después del numerito me dijo que si quería tirarle uno yo, le dije
que no y desviando el tema le pregunté: “Pero, ¿cómo es posible
que le gusten tanto los tomates? ¡Es la primera vez que veo algo
así!”, falso, en realidad quería decir: “Es la primera vez que
veo una casa así, ¡hace falta ser cerda...!” y ella, orgullosa de
su perro vegano me responde: “Bueno, pues la coliflor y el brécol
¡le encantan!” me dieron ganas de decirle “Pues hija, a juzgar
por el tamaño del bicho poca verdura le das, como siga en este plan
acaba con una angina de pecho, vamos, que a las próximas Navidades
no te llega y menos si es tu costumbre extenderlas hasta Marzo”.
A esas alturas
ya ni me acordaba de qué coño estaba haciendo ahí, ah, ¡calla!
Que he venido a por unas galletas.
La vecina, ya
era hora, se agachó a los pies del árbol anacrónico y arrastró
varias cajas grandes que desprecintó delante de mí, dentro estaban
las dichosas galletas, estuvimos buscando hasta que encontramos las
que yo había elegido. Cuando estábamos en plena transacción
monetaria y con los billetes en la mano, se abrió la puerta de
entrada al salón y apareció un señor mayor, de unos setenta años
o más, la muchacha a gritos, porque el hombre estaría teniente, le
dice: “¡Abuelo, no pasa nada, este es nuestro vecino!” yo saludo y
al abuelo se la sopla, eso o no se enteró porque ni me miró y
preguntó por alguien, ella le respondió que ese alguien estaba
durmiendo la siesta y que no había ido al High School, ¿Hablaría
de su hermano? ¿De su novio? ¿El que dormía la siesta era el dueño
de los gayumbos que habían acabado en el suelo por el impacto del
meteorito zampa tomates contra el sofá?. Con todas estas dudas en la
cabeza y mirando de reojo al abuelo por si sacaba un colt caminé
hacia la puerta y me despedí, salí de la casa abrazado a mis
galletas y apretando el paso mientras la vista se me iba adaptando al
sol pensé: “¡Corre hacia la luz Carol Ann!”.
Los días han
pasado y la vecina no ha resultado ser una asesina en serie, es hasta
maja, también he de reconocer que las galletas están muy buenas,
mis favoritas y por este orden son: Samoas, Thin Mints, Lemonades y
Peanut Butter Sandwich. Si tenéis oportunidad no lo dudéis, pero
comprarlas a la luz del día y en un centro comercial, nunca se sabe.

Jajajajaja!!! Maravilloso!!! Ya me sabía la historia contada por ti, pero relatada así, es casi como vivirla!!! Me encanta!!!! Quiero más! En serio. Más!!! No conocía este Don (Simón) tuyo por la escritura. Por cierto. Como la vecina llegue a este blog un día y le de por traducirlo... Jajajajaja. Va a ser divertido que les que la largan por comerse el género jajajajaja. Bravo!
ReplyDeleteSíiiiiii! Hemos pasado por su puerta y le he dicho a Carlos: "mira, el cartel de no soliciting" no sospecha nada! Jajajajaaaaa! Y yo escribiendo a su costa!!! Es mi musa!.
ReplyDeleteMadre mía que aventura, desde luego aburrirte no te aburres no....
ReplyDeleteTest
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