Friday, April 15, 2016

Chicas y Galletas


Imagino que todos sabéis quiénes son las Girls Scouts y seguro que las habéis visto miles de veces en alguna película, de todos modos y por si acaso alguno no lo sabe, os cuento. Son unas niñas de uniforme y con pañuelito al cuello que van tocando puerta por puerta para intentar venderte unas galletas y así recaudar fondos, creo que benéficos, y ya que están van desarrollando habilidades de liderazgo, competitividad y esas cosas que pueden venirles bien en el futuro. Son muy graciosas y con ese estudiado candor te dan ganas de comprarles toda la mercancía, según te explican, sus galletas no tienen grasas trans, pero vamos, que no me fío demasiado porque ya no las venden en bandeja, hechas en casa, ahora son industriales y vienen con su cajita y su canesú, así que es preferible no mirar la etiqueta y comérselas sin pensar demasiado en nuestras arterias.

El caso es que ya había visto a estas muchachitas con su tenderete montado en la puerta de algún supermercado y un buen día estando en casa suena el timbre.

No era ninguna de estas niñas idealizadas con sus chapitas y parches ganados con el sudor de su diadema, era nuestra vecina de la casa de al lado que es la típica Tejana bien nutrida, rubia y con un acento para anunciar Marlboro, lo opuesto al candor pueril vamos. Me saluda en plan súper chupi y me pregunta que si me suena el tema de las Scouts, por supuesto que sí, respondo. Entonces me explica que ese es su último año como Girl Scout (a juzgar por la edad de la muchacha y su volumen pienso si realmente es su último año o es que la echan de la cofradía por comerse el género) me dice que si quiero galletas ella me las puede vender, acto seguido saca un iPhone del bolsillo, ¡qué nivel el de las Scouts! Y me muestra todo el catálogo, foto a foto y desde la pantalla del teléfono me hace un desfile de formas y colores más que apetecibles. Haciendo ruiditos de satisfacción me dice cuáles son sus favoritas, qué sabores tienen, lo sanas (por los cojones) que son y por supuesto la gran labor que se hace al invertir un par de dólares de nada en cada caja. Bueno, es nuestra vecina, no voy a darle con la puerta en los morros, así que selecciono las que tienen mejor pinta y quedo con ella para para cerrar el trato al día siguiente. Ella encantada me empieza a dar palique, me enseña fotos personales de su teléfono y ataca con lo que llaman aquí el “small talk”, algo así como la conversación incómoda de ascensor, yo estaba en la puerta de entrada a casa y uno de los gatos salió al quite haciendo aparición, ¡menos mal! La muchacha estuvo rascándole la tripa y después de un rato se despidió recordándome la cita a partir de las dos del día siguiente, sí hija sí, qué remedio, anda, que tengo el puchero en la lumbre. Eso me pasa por abrir la puerta.

A las dos y pocos minutos del día siguiente me acerqué a su casa, tiene un cartel pegado en la puerta que dice: “No Soliciting” vamos que no llames para pedir, y mucho menos vayas con rollos de Jehová y básicamente que no toques los coj...el timbre, yo tenía cita, así que llamé. Empezaron a sonar ladridos, se abrió la puerta interior (yo estaba en la calle delante de una puerta de cristal) y un par de perros salieron a mi encuentro, eran chuchillos mestizos color canela, uno de ellos mucho más joven que el otro, el viejito estaba gordo, pero gordo en plan atún con patas y rabo y el más joven tenía un volumen normal, no se callaban y daban trompicones contra la puerta de cristal. Aún no había visto a nadie humano porque los primeros en aparecer fueron los chuchos pero enseguida aparece la vecina, hace un juego de piernas, lanza unas patadas suaves, y los perros se meten en la casa, abre la puerta y me invita a entrar. Cerré la puerta de cristal y entré por la segunda puerta a la casa, la vecina llevaba puestas unas gafas de sol y el interior estaba en penumbra, el contraste con la luz de la calle era enorme. Mientras los perros siguen liándola y yo veo fogonazos a cada parpadeo ella me cuenta que tiene problemas con las luces fuertes y que incluso por la noche, para conducir, necesita ponerse gafas de esas con cristales amarillos que anuncian en la teletienda. El perro-atún gruñe todo el tiempo y no para de olfatearme mientras el otro ladra al vacío metido debajo de una mesa, la chica me indica que la siga hasta el salón y me encuentro con la típica cocina americana al lado izquierdo, estaba todo manga por hombro, el ambiente olía a varitas de merluza, justo a eso, a fritanga de varitas de merluza, frente a mí estaba la puerta del patio con una persiana bajada y a la derecha, junto a la chimenea, la mesa con el perro histérico, un sofá y ¡un árbol de Navidad con sus adornos puestos!, joder guapa, que estamos casi en Marzo, ¡vaya cuajo!. La estancia era un poema, el sofá que tenía junto a la pared estaba lleno de ropa, no sé si sucia o limpia pero estaba amontonada y se podían ver camisetas, toallas, gayumbos...los perros seguían dando por saco y la muchacha les chistaba sin éxito, empecé a hacer cucamonas al atún peludo y se calmó, se tumbó como pudo y me dejó tocarle la barriga, pobre. Yo seguía observando el entorno y pensé que en cualquier momento y con tanta penumbra iba a aparecer cara de cuero con la sierra mecánica para colgarme de un gancho, después de todo esto es Texas, ¿no?, ¡Ay madre! quizá las galletas me iban a salir caras, vaya panorama: Una casa como la de Ed-Gein pero sin cadáveres, una vecina fotofóbica con dos perros esquizoides, un árbol de Navidad montado a finales de Febrero y unas galletas de momento inexistentes. ¿Y si es una loca que tiene a su familia degollada desde la Nochebuena? ¿Y si el perro no obeso está intentando con un código canino de ladrido-mirada al vacío alertarme de algo?, la situación era cómica desde luego. La muchacha me dice que al atún le gusto, la verdad es que el perro ya mueve la cola y me da con la cabeza en la pierna, entonces ella me pregunta: “¿Quieres ver una cosa?”, miedo, verás tú, pensé, ahora es cuando saca la cabeza de su madre y me dice que si quiero ser su amigo, pero no, la chica se acerca a la nevera y saca una caja de tomates cherry (¡toma surrealismo!) y el perro gordo se queda como si hubiera mirado a los ojos a la mismísima Medusa, inmóvil, poniendo a la caja ojitos tiernos. La vecina abre la cajita, saca un tomate, se lo enseña haciendo un ruidito y lo lanza contra la pared donde está el sofa, sí, el sofá con toda esa ropa amontonada en plan mercadillo. El pobre tomate rebotó contra la pared y antes de caer sobre el sofá la masa perruna en un alarde de agilidad ya estaba sobre el montón de ropa para zampárselo, vaya si se lo zampó. Ese volumen animal y esa aceleración provocaron un pequeño tsunami, pura física, la ropa se desparramó, el perro se desparramó y el tomate desapareció, redoble de tambor, ¡tachán! yo no sabía si reír o llorar, estaba pensando que hacía falta valor para hacer algo así pero que más valor hacía falta aún para hacer algo así, con la casa así y delante de un extraño. Pues hubo un segundo tomate y un segundo seísmo, yo perplejo pero aplaudiendo la gracia, no vaya a ser que esta me acuchille, sonreía confuso. Después del numerito me dijo que si quería tirarle uno yo, le dije que no y desviando el tema le pregunté: “Pero, ¿cómo es posible que le gusten tanto los tomates? ¡Es la primera vez que veo algo así!”, falso, en realidad quería decir: “Es la primera vez que veo una casa así, ¡hace falta ser cerda...!” y ella, orgullosa de su perro vegano me responde: “Bueno, pues la coliflor y el brécol ¡le encantan!” me dieron ganas de decirle “Pues hija, a juzgar por el tamaño del bicho poca verdura le das, como siga en este plan acaba con una angina de pecho, vamos, que a las próximas Navidades no te llega y menos si es tu costumbre extenderlas hasta Marzo”.
A esas alturas ya ni me acordaba de qué coño estaba haciendo ahí, ah, ¡calla! Que he venido a por unas galletas.

La vecina, ya era hora, se agachó a los pies del árbol anacrónico y arrastró varias cajas grandes que desprecintó delante de mí, dentro estaban las dichosas galletas, estuvimos buscando hasta que encontramos las que yo había elegido. Cuando estábamos en plena transacción monetaria y con los billetes en la mano, se abrió la puerta de entrada al salón y apareció un señor mayor, de unos setenta años o más, la muchacha a gritos, porque el hombre estaría teniente, le dice: “¡Abuelo, no pasa nada, este es nuestro vecino!” yo saludo y al abuelo se la sopla, eso o no se enteró porque ni me miró y preguntó por alguien, ella le respondió que ese alguien estaba durmiendo la siesta y que no había ido al High School, ¿Hablaría de su hermano? ¿De su novio? ¿El que dormía la siesta era el dueño de los gayumbos que habían acabado en el suelo por el impacto del meteorito zampa tomates contra el sofá?. Con todas estas dudas en la cabeza y mirando de reojo al abuelo por si sacaba un colt caminé hacia la puerta y me despedí, salí de la casa abrazado a mis galletas y apretando el paso mientras la vista se me iba adaptando al sol pensé: “¡Corre hacia la luz Carol Ann!”.

Los días han pasado y la vecina no ha resultado ser una asesina en serie, es hasta maja, también he de reconocer que las galletas están muy buenas, mis favoritas y por este orden son: Samoas, Thin Mints, Lemonades y Peanut Butter Sandwich. Si tenéis oportunidad no lo dudéis, pero comprarlas a la luz del día y en un centro comercial, nunca se sabe.




Thursday, April 14, 2016

Mi experiencia en una cadena de montaje.


Como muchos de vosotros sabéis, sobre todo aquellos que me seguís más de cerca, mi aventura en los Estados Unidos está empezando ahora. Ya he cortado los vínculos con España, he cerrado todos los asuntos pendientes y estoy listo para salir al mercado laboral, el coche ya no es un problema y me estoy dando cuenta de que todos los obstáculos son evitables si uno pone de su parte, por supuesto.

Llevo ya unas cuantas entrevistas a mis espaldas y pensé que iba a ser más complicado pero no, he pasado tests de gramática, lógica, velocidad al teclado, conversación...todas con nota pero aún queda el lazo rosa para dejar el paquete completo, así que ahora estoy asistiendo a cursos en dos sitios diferentes para perfeccionar mi Inglés y hacerlo excelente.
Iré al grano, para seguir con mis entrevistas y mi búsqueda activa de trabajo pensé que una ocupación por la noche que me diera unos cuantos dólares no estaría mal, podría hablar Inglés con mis compañeros y ganaría un sueldo hasta encontrar algo mejor, aparte de poder compaginar todo esto con mis clases en el High School. Eso pensé, bien, pues aquí empieza la aventura.

Encontré un trabajo en la planta de producción de Samsung que no exigía experiencia, que no estaba mal pagado y con un horario de 7:00am a 16:00pm o de 16:00pm a 4:00am, el turno de mañana me venía bien pero el de tarde aún mejor, podía seguir con mi vida y mi búsqueda de empleo y además a las cuatro de la mañana la autopista es prácticamente para mí solo. Genial, vamos a la oficina de empleo!.

Me presento con mi camisita, bien recortadito y oliendo a las mil maravillas, los que me conocéis ya sabéis que procuro cuidar la imagen aunque los milagros no existan. Bien, pues se activa el primer timbre de alarma, la oficina es un local con cuatro sillas arrinconadas y una mesa dentro de lo que cabe bien organizada que estaba ocupada por una muchacha que hacía de secretaria / recepcionista, no había nadie más, no había nada más, ella, las sillas y su mesa. Me presento, le explico el por qué de mi visita y me larga un tocho de papeles que tengo que leer y firmar, aunque ya había hecho lo mismo a través de la web subiendo incluso mi currículum con todos mis datos pero bueno, repetimos, no hay problema. Me pongo en contacto con Carlos desde allí porque hay unas cláusulas referentes a impuestos, situación familiar y demás que a mí se me escapan, relleno todo y me dice la muchacha que empiezo a trabajar al día siguiente, pero... ¿ya? ¿sin entrevista? ¿a saco? genial! Pues nada mona, gracias por todo!. Agarro mi coche y vuelvo a casa en plan cuento de la lechera: “Gano unas perrillas, sigo buscando, aparecerá algo mejor, es un sacrificio pasajero que merecerá la pena, en unos meses estoy haciendo soporte de IT como un señor, me operaré y me pondré unos ojos verdes y azules...” ya sabéis, cosillas que uno piensa en estos casos.
Ya en casa, por la noche, recibo un SMS en el que me dicen que no me olvide llevar mi ID y todos los papelotes que he firmado en la “oficina” de contratación y que esté allí a las 6:00, me dijeron a las 6:30 pero bueno, vale, allí estaré, Carlos me explica cómo llegar, miramos en Google y es pan comido, la planta está en Irving, media hora al volante, casi todo en línea recta, vamos, mejor imposible.

Al día siguiente llego con más de veinte minutos de antelación, hago tiempo en el coche, me compongo un poco y voy hacia la entrada del complejo optimista y sonriente. Algo ya no me gusta: gente cabizbaja con tarteras pasando un detector de metales, una mujer Koreana dando voces para que el personal firmara al entrar, embarazadas, chinos, latinos, afroamericanos, balineses...
Esto...“Excuse me, this is my first day, I'm looking for (omito nombre), I have an appointment” la mujer Koreana afila la mirada, me aparta a un lado con la mano y llama por teléfono. Al poco tiempo aparece una muchacha joven, guapa y muy puestecita, se me presenta y me pide los documentos que había rellenado el día anterior en la oficina, la Koreana mosqueada me pide también el permiso de conducir y lo pone en una fotocopiadora, pasados unos minutos la muchacha me empieza a hablar en Español, no me hace gracia pero es lo que hay, me explica que vamos a esperar a otra persona que se incorpora conmigo así que estuve esperando en una esquina porque la muchacha, que resultó ser encargada / coordinadora de la empresa de contratación hablaba por teléfono constantemente.
El tiempo pasaba, yo me agobiaba y seguía viendo un desfile de personas que no paraba de entrar y salir pasando el dichoso arco de seguridad.

Por fin llega el otro fichaje, la encargada me hace un gesto y me pide que vaya con ellas, la Koreana entonces hace un aspaviento y me pregunta por la mochila que llevo, le explico que dentro está el teléfono móvil, las llaves de casa, las llaves del coche y poco más porque olvidé el sandwich. Me dice que la mochila debo dejarla en el coche, que debo entrar sin NADA y señalando el reloj me pregunta: “What is that?” miro a la encargada y sonrío de medio lado, ¿está de coña? Es un reloj, entonces la Koreana chunga me dice que es raro, claro boba, pensé, es un Apple Watch y la tía con todo su cuajo me dice: “no es de Samsung, al coche!” empiezo a resoplar y mordiéndome el labio mientras sonrío contesto que vuelvo en un minuto.

Vuelvo a la entrada principal sin nada, y haciendo un saludo en plan bailarín clásico le enseño a la cyborg de Korea las llaves del coche y mis muñecas limpias de relojes y objetos extraños. Vamos a pasar el arco.

No me tuve que descalzar pero el proceso fue el mismo que siguen en la seguridad del aeropuerto, cuando terminé y me estaba poniendo el cinturón la muchacha me recomendó volver al día siguiente sin él, sin mochila y quizá sin anillos...cojonudo, en verano vengo en tanga y esto será una fiesta (lo pensé, claro, yo educado y sumiso mostrando la mejor de mis sonrisas pero con un bulle bulle de mala leche que estaba ya haciéndome dudar de mi decisión).

La muchacha me explica dónde están los baños: “El de mujeres aquí y el de hombres aquí” Pensé, bueno, tienen muñequitos, no soy gilipollas y hasta ahí llego...y contesté con un “ahá” poniendo cara de estar contemplando un Rembrandt, me dijo cómo tenía que fichar al entrar y salir y me enseñó el comedor, bueno, eso es para escribir otro capítulo.

Entramos al terreno de juego, al sitio de trabajo, al meollo de la cuestión y me encuentro con una nave gigantesca llena de cintas transportadoras, carretillas elevadoras de pallets y toda clase de maquinaria imaginable, me dan una camiseta, unos guantes y me piden que me los ponga, me toman las huellas y en un ordenador introducen mis datos. Ya empiezo a estar más calmado porque viene lo bueno, a ver qué tengo que hacer, a ver qué aprendo, parece que no está tan mal así que venga, a por ello.

Viene una encargada y me dice que me ponga en el puesto número 2, me coloca delante de un ordenador, me “enseña” a manejar una aplicación y me dice: “Van a empezar a salir cajas, tú las registras (con una pistola Symbol, ¿os suena a los de Renfe?) y después las pesas, si te da error la devuelves porque eso significa que falta algún componente y la báscula lo detecta, si todo es correcto y te da el ok la pones en la cinta para que la sellen” y no me explicó nada más, ahí te quedas mono, nunca mejor dicho.

Empieza la fiesta, salen las cajas, son teléfonos de Samsung empaquetados con el branding de AT&T, empiezo a escanear, registrar y pesar, aparece una mujer con cara de pocos amigos y me pregunta, en un Inglés horrible (luego me enteré de que era Balinesa) que si esa era mi línea, le contesto que sí, que me han colocado ahí y que era mi primer día. La mujer apretó los dientes y se puso al otro lado de la cinta frente a mí en otro ordenador, junto a ella había un hombre de unos sesenta años, también Balinés, bajito, muy bajito, con bigote y cara de sufrido, estaba consumido más que delgado y era el que se encargaba de cerrar las cajas a las que yo daba el ok, tenía los pulgares destrozados de quitar la lámina adhesiva y doblar las solapas de las cajas para cerrarlas (los guantes que llevábamos dejaban al descubierto los pulgares y los índices nada más). Mientras hago mi trabajo miro alrededor, ¿qué coño es esto? ¿coserán balones también?. Gente a destajo ensamblando móviles con cara de circunstancia, ruido de máquinas y algún chillido de los encargados, pocas risas pero buen ambiente dentro de lo que cabe. Una pantalla en la pared iba mostrando una presentación con cifras conseguidas, objetivos y frases de ánimo para los empleados. De vez en cuando intercalaban las normas de vestuario y comportamiento, explicaban que en el puesto no puedes beber agua ni comer caramelos y que serías sancionado en caso de no cumplir la norma, que los descansos se tomarían según producción y cuando el encargado lo considerase oportuno, que cualquier palabra más alta que otra sería motivo de despido...pensé que era un poco estricto pero sin son las normas yo no voy a ser el que se las salte. Seguí dando a la pistola.

Estaba embebido en el bip-bip del escáner y los datos de la pantalla cuando alguien me da un toque en la espalda y me dice algo, era el momento de la pausa, ¡las doce y pico de la noche y ni me había enterado!. Olvidé el sandwich que me había preparado mi marido con tanto amor, así que cené guarrería de la máquina de vending: una bolsa de potato skins y una coca-cola, tenían también unas máquinas de café gratis, dentro de lo malo...

Abrí la bolsa de patatas y observé el entorno, multicultural al máximo, no quiero faltar al respeto pero la primera imagen que se me vino a la cabeza fue la de un patio de prisión, lo típico que vemos en las películas con el chungo, el rapado, el raro, el latino y el de color con cara de tener poca vida social. También había mujeres, la gran mayoría de Indonesia y árabes, con su pañuelo cubriendo la cabeza, sentadas en grupo y sonriendo poco mientras hablaban. Una mujer afroamericana que estaba sentada a mi lado abrió una tartera con una ensalada de arroz y puso sobre la mesa un pastillero de plástico enorme, gesticulaba y hablaba (sola) pero en silencio, a saber lo que estaría relatando, de cuando en cuando sonreía y saludaba con la mano a otros compañeros. Me di cuenta de que un par de árabes comentaban y se giraban para mirarme, “bueno”, pensé yo, no hagas contacto visual que estos se te pegan y para mi primera noche va a ser un shock”, así que terminé mi cena de dieta” y volví a la nave, nunca mejor dicho porque en mi vida me había sentido más marciano. De camino me fijé en la poca limpieza del comedor y en las cámaras frigoríficas, que tampoco estaban muy mantenidas, donde la gente guardaba las tarteras (todas transparentes, requisito de la empresa). Así que mientras me ponía los guantes volví a mi puesto.

La noche transcurrió sin mucha novedad, de vez en cuando una encargada venía a echar la bronca al señor que cerraba las cajas, una esquina descuadrada y ya no servía, tenían que volver a despegarla con una máquina especial y de nuevo pasaba a la cinta. El hombre no decía nada, porque no hablaba Inglés, agachaba la cabeza y ponía gesto de resignación. Yo intenté buscarle la mirada para hacerle una señal de ánimo pero no hubo manera, era esquivo y con los utensilios para retirar los adhesivos metidos entre el pelo daba más pena que risa. En la cinta había momentos en los que te podías encontrar con quince cajas, yo ponía la mano para frenarlas un poco porque el hombre no daba a basto y cuando veía sus pulgares no daba crédito, no era mi función pero llegué a cerrar unas cuantas cajas para ayudarle, el me devolvía el favor agrupando las mías sobre mi bandeja, bueno, no me hablaba pero respondía a las buenas formas, me dio más pena aún. La mujer con cara de pocos amigos se agachaba de vez en cuando y se sacaba del bolsillo un paquetito que parecía, por lo poco que pude ver, fruta escarchada, se metía un trozo en la boca y seguía con su cara de estaca haciendo el trabajo mecánicamente, apretaba la mandíbula de vez en cuando, no se notaba que estaba comiendo pero el olor dulce de la fruta me llegaba, lo que estaba viendo ya no me gustaba tanto. Había un policía haciendo la ronda y el señor de la limpieza se acercó a barrer mi zona, estuvo hablando conmigo, parecía buena persona, me preguntó lo típico y me dio la bienvenida al enterarse de que soy Español. Me giré para hablar con él y me di cuenta de que los árabes del comedor estaban en la cinta de enfrente, uno de ellos alzó la mano y me saludó, me preguntó que si era musulmán, le respondí que no, que era Madrileño y para de contar, me dijo que por mi físico parecía árabe y que él conocía Barcelona, desde ese momento cada vez que me giraba a mirar el reloj que había en el almacén me saludaba agitando la mano y sonriendo hacía el gestro de “ok”, mira, ya tenía un amiguito.

Seguimos para bingo, tres menos cuarto de la mañana, se acerca una encargada y nos dice en tono alto por si estábamos dormidos, que debido a la baja producción de las personas que estaban ensamblando nos quedábamos sin descanso, y que como daño colateral y a modo de castigo nos incluía a todos para que la próxima vez trabajásemos con más ganas, me callo y sigo con lo mío. Se acerca una chica veinteañera a la Balinesa y en su idioma le explica lo que sucede, empiezan las caras y los aspavientos. Un chico que empaquetaba de seis en seis las cajas que íbamos verificando y sellando se queja y dice que eso no puede ser, que son casi las tres de la mañana, la encargada con un tono más chulesco que agresivo le responde que si no está de acuerdo puede irse a su casa sin problema, el muchacho se quita los guantes, firma un papel y se larga. Yo entre el sueño y la falta de hidratación empiezo a fliparlo un poco. Finalmente y tras un pequeño motín encabezado por las Balinesas, tuvimos casi quince minutazos a las tres y media.

Cuatro y cuarto de la mañana, pero...¿mi jornada no terminaba a las cuatro? Miro el reloj inquieto y busco con la mirada a la encargada, la cinta echa chispas y ahora también están apareciendo teléfonos de T-Mobile, coño, pues va a ser verdad que los que ensamblan se estaban tocando las narices. Aparece al fin la encargada y sonriente me dice: “¿Cómo era tu nombre?” yo, quitándome los guantes dejé la cinta y me acerqué a ella respondiendo con otra pregunta: “¿Con quién puedo hablar?” y me contestó que ella era la encargada. Vale, le dije que ya eran las cuatro y cuarto y que supuestamente yo debería estar conduciendo camino a casa, me contesta que no, que en el almacén NO HAY HORARIO DE SALIDA, ¿Cómo? Mosqueo y decepción total, la mujer me dice que si hay trabajo la cosa se puede extender hasta las siete o las nueve de la mañana...¿Qué? ¿Desde las cuatro de la tarde del día anterior?! Pues sí, eso mismo, pero vamos que eso ya lo sabías, ¿no? Entonces empiezo a carraspear y a ponerme serio, “No, no lo sabía y esto no es lo que me han vendido; llevo de pie casi diez horas porque no hay sillas y en este trabajo a NADIE se le permite estar sentado, da igual que seas negro, amarillo, estés embarazada o seas gallega, he registrado novecientos terminales, me he aburrido como una ostra y he visto cosas que no me gustan un pelo, esto no es lo que buscaba y me largo de aquí”. La encargada puso cara de haber recibido un bofetón y me contestó que me estuvo observando (cosa de la que yo me percaté porque tonto no soy) y que le gustaba como hacía el trabajo, que había producido mucho para ser mi primer día y que no habían devuelto ningún teléfono, cosa que no sucedió el día anterior con otra trabajadora según me explicó. Le dije que sí, que muy bonito todo pero que si no me podían ofrecer otra cosa estábamos perdiendo el tiempo, ellos y yo. Me acompañó a la mesa donde estaban los encargados de la empresa de contratación y estuvimos hablando los tres. Me pidieron que por favor lo pensara y les respondí que yo tenía vida y que sintiéndolo mucho no podía aceptar dar un paso atrás en mi crecimiento, que merecía algo mejor y que de todos modos agradecía lo que habían hecho por mí. Les dije además que esos casi novecientos terminales registrados se los regalaba, pero me dijeron que no, que a pesar de ser un periodo de prueba ese trabajo me lo pagarían (este Viernes voy a por el cheque) y que lo sentían mucho. Con los guantes en la mano y la camiseta azul me despedí de la gente de la cinta. Los señores árabes, posibles amigos en potencia, ponían cara de no entender nada.
Salí del almacén en plan actor en el final de una tragedia y pasé de nuevo el control de seguridad; más aliviado que cabreado esta vez y ya alcanzando la puerta de salida vi a uno de los policías dormido en la silla, hice un gesto de negativa con la cabeza, abrí la puerta y antes de salir dije en voz alta: “Venga coño!”.