Friday, April 15, 2016

Chicas y Galletas


Imagino que todos sabéis quiénes son las Girls Scouts y seguro que las habéis visto miles de veces en alguna película, de todos modos y por si acaso alguno no lo sabe, os cuento. Son unas niñas de uniforme y con pañuelito al cuello que van tocando puerta por puerta para intentar venderte unas galletas y así recaudar fondos, creo que benéficos, y ya que están van desarrollando habilidades de liderazgo, competitividad y esas cosas que pueden venirles bien en el futuro. Son muy graciosas y con ese estudiado candor te dan ganas de comprarles toda la mercancía, según te explican, sus galletas no tienen grasas trans, pero vamos, que no me fío demasiado porque ya no las venden en bandeja, hechas en casa, ahora son industriales y vienen con su cajita y su canesú, así que es preferible no mirar la etiqueta y comérselas sin pensar demasiado en nuestras arterias.

El caso es que ya había visto a estas muchachitas con su tenderete montado en la puerta de algún supermercado y un buen día estando en casa suena el timbre.

No era ninguna de estas niñas idealizadas con sus chapitas y parches ganados con el sudor de su diadema, era nuestra vecina de la casa de al lado que es la típica Tejana bien nutrida, rubia y con un acento para anunciar Marlboro, lo opuesto al candor pueril vamos. Me saluda en plan súper chupi y me pregunta que si me suena el tema de las Scouts, por supuesto que sí, respondo. Entonces me explica que ese es su último año como Girl Scout (a juzgar por la edad de la muchacha y su volumen pienso si realmente es su último año o es que la echan de la cofradía por comerse el género) me dice que si quiero galletas ella me las puede vender, acto seguido saca un iPhone del bolsillo, ¡qué nivel el de las Scouts! Y me muestra todo el catálogo, foto a foto y desde la pantalla del teléfono me hace un desfile de formas y colores más que apetecibles. Haciendo ruiditos de satisfacción me dice cuáles son sus favoritas, qué sabores tienen, lo sanas (por los cojones) que son y por supuesto la gran labor que se hace al invertir un par de dólares de nada en cada caja. Bueno, es nuestra vecina, no voy a darle con la puerta en los morros, así que selecciono las que tienen mejor pinta y quedo con ella para para cerrar el trato al día siguiente. Ella encantada me empieza a dar palique, me enseña fotos personales de su teléfono y ataca con lo que llaman aquí el “small talk”, algo así como la conversación incómoda de ascensor, yo estaba en la puerta de entrada a casa y uno de los gatos salió al quite haciendo aparición, ¡menos mal! La muchacha estuvo rascándole la tripa y después de un rato se despidió recordándome la cita a partir de las dos del día siguiente, sí hija sí, qué remedio, anda, que tengo el puchero en la lumbre. Eso me pasa por abrir la puerta.

A las dos y pocos minutos del día siguiente me acerqué a su casa, tiene un cartel pegado en la puerta que dice: “No Soliciting” vamos que no llames para pedir, y mucho menos vayas con rollos de Jehová y básicamente que no toques los coj...el timbre, yo tenía cita, así que llamé. Empezaron a sonar ladridos, se abrió la puerta interior (yo estaba en la calle delante de una puerta de cristal) y un par de perros salieron a mi encuentro, eran chuchillos mestizos color canela, uno de ellos mucho más joven que el otro, el viejito estaba gordo, pero gordo en plan atún con patas y rabo y el más joven tenía un volumen normal, no se callaban y daban trompicones contra la puerta de cristal. Aún no había visto a nadie humano porque los primeros en aparecer fueron los chuchos pero enseguida aparece la vecina, hace un juego de piernas, lanza unas patadas suaves, y los perros se meten en la casa, abre la puerta y me invita a entrar. Cerré la puerta de cristal y entré por la segunda puerta a la casa, la vecina llevaba puestas unas gafas de sol y el interior estaba en penumbra, el contraste con la luz de la calle era enorme. Mientras los perros siguen liándola y yo veo fogonazos a cada parpadeo ella me cuenta que tiene problemas con las luces fuertes y que incluso por la noche, para conducir, necesita ponerse gafas de esas con cristales amarillos que anuncian en la teletienda. El perro-atún gruñe todo el tiempo y no para de olfatearme mientras el otro ladra al vacío metido debajo de una mesa, la chica me indica que la siga hasta el salón y me encuentro con la típica cocina americana al lado izquierdo, estaba todo manga por hombro, el ambiente olía a varitas de merluza, justo a eso, a fritanga de varitas de merluza, frente a mí estaba la puerta del patio con una persiana bajada y a la derecha, junto a la chimenea, la mesa con el perro histérico, un sofá y ¡un árbol de Navidad con sus adornos puestos!, joder guapa, que estamos casi en Marzo, ¡vaya cuajo!. La estancia era un poema, el sofá que tenía junto a la pared estaba lleno de ropa, no sé si sucia o limpia pero estaba amontonada y se podían ver camisetas, toallas, gayumbos...los perros seguían dando por saco y la muchacha les chistaba sin éxito, empecé a hacer cucamonas al atún peludo y se calmó, se tumbó como pudo y me dejó tocarle la barriga, pobre. Yo seguía observando el entorno y pensé que en cualquier momento y con tanta penumbra iba a aparecer cara de cuero con la sierra mecánica para colgarme de un gancho, después de todo esto es Texas, ¿no?, ¡Ay madre! quizá las galletas me iban a salir caras, vaya panorama: Una casa como la de Ed-Gein pero sin cadáveres, una vecina fotofóbica con dos perros esquizoides, un árbol de Navidad montado a finales de Febrero y unas galletas de momento inexistentes. ¿Y si es una loca que tiene a su familia degollada desde la Nochebuena? ¿Y si el perro no obeso está intentando con un código canino de ladrido-mirada al vacío alertarme de algo?, la situación era cómica desde luego. La muchacha me dice que al atún le gusto, la verdad es que el perro ya mueve la cola y me da con la cabeza en la pierna, entonces ella me pregunta: “¿Quieres ver una cosa?”, miedo, verás tú, pensé, ahora es cuando saca la cabeza de su madre y me dice que si quiero ser su amigo, pero no, la chica se acerca a la nevera y saca una caja de tomates cherry (¡toma surrealismo!) y el perro gordo se queda como si hubiera mirado a los ojos a la mismísima Medusa, inmóvil, poniendo a la caja ojitos tiernos. La vecina abre la cajita, saca un tomate, se lo enseña haciendo un ruidito y lo lanza contra la pared donde está el sofa, sí, el sofá con toda esa ropa amontonada en plan mercadillo. El pobre tomate rebotó contra la pared y antes de caer sobre el sofá la masa perruna en un alarde de agilidad ya estaba sobre el montón de ropa para zampárselo, vaya si se lo zampó. Ese volumen animal y esa aceleración provocaron un pequeño tsunami, pura física, la ropa se desparramó, el perro se desparramó y el tomate desapareció, redoble de tambor, ¡tachán! yo no sabía si reír o llorar, estaba pensando que hacía falta valor para hacer algo así pero que más valor hacía falta aún para hacer algo así, con la casa así y delante de un extraño. Pues hubo un segundo tomate y un segundo seísmo, yo perplejo pero aplaudiendo la gracia, no vaya a ser que esta me acuchille, sonreía confuso. Después del numerito me dijo que si quería tirarle uno yo, le dije que no y desviando el tema le pregunté: “Pero, ¿cómo es posible que le gusten tanto los tomates? ¡Es la primera vez que veo algo así!”, falso, en realidad quería decir: “Es la primera vez que veo una casa así, ¡hace falta ser cerda...!” y ella, orgullosa de su perro vegano me responde: “Bueno, pues la coliflor y el brécol ¡le encantan!” me dieron ganas de decirle “Pues hija, a juzgar por el tamaño del bicho poca verdura le das, como siga en este plan acaba con una angina de pecho, vamos, que a las próximas Navidades no te llega y menos si es tu costumbre extenderlas hasta Marzo”.
A esas alturas ya ni me acordaba de qué coño estaba haciendo ahí, ah, ¡calla! Que he venido a por unas galletas.

La vecina, ya era hora, se agachó a los pies del árbol anacrónico y arrastró varias cajas grandes que desprecintó delante de mí, dentro estaban las dichosas galletas, estuvimos buscando hasta que encontramos las que yo había elegido. Cuando estábamos en plena transacción monetaria y con los billetes en la mano, se abrió la puerta de entrada al salón y apareció un señor mayor, de unos setenta años o más, la muchacha a gritos, porque el hombre estaría teniente, le dice: “¡Abuelo, no pasa nada, este es nuestro vecino!” yo saludo y al abuelo se la sopla, eso o no se enteró porque ni me miró y preguntó por alguien, ella le respondió que ese alguien estaba durmiendo la siesta y que no había ido al High School, ¿Hablaría de su hermano? ¿De su novio? ¿El que dormía la siesta era el dueño de los gayumbos que habían acabado en el suelo por el impacto del meteorito zampa tomates contra el sofá?. Con todas estas dudas en la cabeza y mirando de reojo al abuelo por si sacaba un colt caminé hacia la puerta y me despedí, salí de la casa abrazado a mis galletas y apretando el paso mientras la vista se me iba adaptando al sol pensé: “¡Corre hacia la luz Carol Ann!”.

Los días han pasado y la vecina no ha resultado ser una asesina en serie, es hasta maja, también he de reconocer que las galletas están muy buenas, mis favoritas y por este orden son: Samoas, Thin Mints, Lemonades y Peanut Butter Sandwich. Si tenéis oportunidad no lo dudéis, pero comprarlas a la luz del día y en un centro comercial, nunca se sabe.




4 comments:

  1. Jajajajaja!!! Maravilloso!!! Ya me sabía la historia contada por ti, pero relatada así, es casi como vivirla!!! Me encanta!!!! Quiero más! En serio. Más!!! No conocía este Don (Simón) tuyo por la escritura. Por cierto. Como la vecina llegue a este blog un día y le de por traducirlo... Jajajajaja. Va a ser divertido que les que la largan por comerse el género jajajajaja. Bravo!

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  2. Síiiiiii! Hemos pasado por su puerta y le he dicho a Carlos: "mira, el cartel de no soliciting" no sospecha nada! Jajajajaaaaa! Y yo escribiendo a su costa!!! Es mi musa!.

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  3. Madre mía que aventura, desde luego aburrirte no te aburres no....

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